Era un día caluroso de mediados de julio, el sol estaba en su cima y una nube de contaminación inundaba y ahogaba a los transeúntes de Granada. El blanco de las casas se confundía con el brillo del sol y los ojos granadinos aprendían a distinguir los diferentes tipos de luz albina. Con esfuerzos encontré la cafetería dónde había estado citada con una periodista que estaba escribiendo un articulo sobre la memoria histórica de la guerra civil española. Me senté delante de ella, era una muchacha joven y entusiasta, tenía el pelo largo, negro como el azabache y muy ondulado, tenía la cara cubierta de lunares y sus ojos verdes esmeraldas desprendían el color de la juventud. Sonreí para mis adentros, era la viva imagen de mi pasado, podía verme reflejada en ella, aunque nunca se lo confesé. Paloma, la chica, pidió un zumo fresco y unas pastas.
-Le agradezco que haya aceptado mi invitación, no tendría que haberse tomado las molestias de llegar hasta aquí con el calor que hace, hubiese podido yo ir a su domicilio sin ningún problema.- me dijo la chica, estaba un tanto nerviosa y se notaba que se sentía culpable por haberme hecho ir hasta allí sabiendo que mi salud no gozaba de su mejor momento.
-Tranquila, no es ninguna molestia, a pesar de mis 93 años todavía soy joven- le contesté, mirándola por encima de mis gafas de alambre dorado. Las dos nos reímos por el comentario y el ambiente se volvió un poco más relajado.
-He traído una grabadora para grabar la conversación, si no le importa- me miró y yo le hice un gesto para que continuara- Bueno, pues...usted dirá, señora Agustina.
Suspiré profundamente, Paloma puso en marcha la grabadora y clavó su mirada en la mía, cerré los ojos un momento y me dejé llevar por los recuerdos que aún conservaba intactos en mi memoria.
Era finales de junio del año 1936, yo había cumplido los veinte años, desde hacia tiempo trabajaba en el campo. En Granada, allí vivía yo. Mi vida se basaba en montar cada mañana a lomos de mi burra Lola y hacer el trayecto desde la cueva donde vivía hasta los campos donde trabajaba. Aquél día fue especialmente caluroso, regresaba de la jornada matutina, Lola caminaba pesadamente y con lentitud y yo me secaba el sudor de la frente con el pañuelo que me cubría la cabeza. Ya cuando estaba a pocos metros de la cueva me encontré en mitad del camino a un hombre tirado en el suelo, llevaba una camisa blanca tan sucia que parecía que estuviera teñida de marrón y un saco de cuero colgaba de sus hombros. Salté precipitadamente de mi burra y me agaché para socorrerle. Tenía los labios completamente secos y agrietados como la tierra granadina en pleno agosto, por eso pensé que se había deshidratado por el calor. Con muchos esfuerzos conseguí subirlo encima de la burra y lo llevé hasta mi hogar. Mi madre se alarmó al ver que había recogido a un vagabundo, aún así lo tumbó en una cama y le puso unos paños húmedos en la frente.
- Si está deshidratado pronto se recuperará, le he puesto unos paños húmedos y cuando se despierte le daremos agua, además el fresco de la cueva le sentará bien- dijo mi madre, exhaló un suspiro y se fue a la cocina.
Tenía razón, poco después el joven se despertó, le llevé agua y bebió del cántaro. Una vez recuperado nos explicó que se llamaba Antonio, tenía 25 años y venía de un largo viaje, había recorrido casi toda Andalucía, estaba escribiendo un cuaderno de viaje que publicaría más tarde, se titulaba: Tradiciones, historias y leyendas del Al-Andalus. A mi padre no le hacía gracia que fuera un trotamundos y Antonio se dio cuenta porque enseguida nos dijo que estaba buscando un trabajo en el campo por aquella zona. En poco tiempo encontró un puesto en un campo de olivares de Granada, con una parte del sueldo pagaba su estancia en la cueva de mi familia y además ayudaba con las labores del hogar. Enseguida mi madre le cogió cariño y lo trató como si fuera un hijo.
Yo admiraba a aquél chico, pero por alguna razón él no se acercaba a mi, no hablaba conmigo, intentaba evitar quedarse a solas en la misma habitación que yo y cuando le dirigía la palabra me apartaba la mirada cómo quién espanta a una mosca. Ese comportamiento suyo me hizo sospechar de él. Hubo una noche en la que yo no podía conciliar el sueño, pensaba en el comportamiento de Antonio, entonces escuché como alguien se levantaba de la cama y cruzaba el umbral de la puerta, sigilosamente me incorporé y salí de la cueva. Al salir noté el aire caliente de la noche de verano, todo estaba sumido en un profundo silencio y la luna iluminaba mágicamente la tierra granadina. Estaba a punto de regresar a casa cuando alguien me chistó, yo miré a mi alrededor, pero no vi a nadie, estaba empezando a ponerme nerviosa, aquella voz me seguía llamando la atención y de repente lo vi, Antonio estaba sentado encima de la cueva, justo al lado de la chimenea. Me hizo un ademán para que fuera con él, me sorprendió mucho. Me senté a su lado, él no dijo nada, los dos nos quedemos mirando los campos que se extendían más abajo.
- Es un lugar armonioso.- dijo él, hizo un suspiro y alzó la vista hacia la luna- Era mi musa- supe que se refería a la luna, la miraba de una forma tan tierna...
Entonces me di cuenta que en su regazo tenía un par de libros y una pluma para escribir.
-Antonio, realmente estas escribiendo un cuaderno de viaje?- le pregunté, se quedó callado y por un momento pensé que no me iba a responder, entonces sonrió, me lo quedé mirando un rato, tenía una capa de misterio que lo cubría entero, sus ojos negros brillaban a la luz de la luna, su pelo era castaño y lo llevaba despeinado, su piel era morena y contrastaba con la camisa blanca, su...Todo él era hermoso. Al fin se decidió a hablar:
-No, vengo huyendo de la gente que me aprisiona...Soy un pobre soñador! En una familia humilde he sido como una desgracia, un hijo escritor!- Se cubrió la cabeza con las manos y siguió ablando- Me fui de casa, que podía hacer sino? Así que empecé a buscar un lugar donde vivir, y me vi en sueños corriendo entre figuras musulmanas, perdido entre callejuelas llenas de leyendas y supe que debía de ir a Granada, pensé que podría cambiar el ritmo, llevar una vida más humana y natural...-suspiró profundamente- Y aquí estoy, mirando a mi antigua musa, mi luna, pero ya no me inspira...Porque sin previo aviso y sin proponérmelo he encontrado una musa aún mejor, pero se que no es bueno tenerla tan cerca, porque cuando me vaya de esta tierra no podré ir a visitarla como hago con la luna cada noche...Así que cada noche subo aquí y pregunto a las estrellas que va a pasar-levantó la cabeza y me miró tiernamente- Que va a pasar si no vuelvo a ver a Agustina?
Hice una pausa, Paloma me miraba expectante.
-Es precioso.-dijo ella emocionada.
Si, eso pensé yo, necia de mi por enamorarme de un hombre que como muchos otros estaba condenado a ser un soñador y todo lo que ello conlleva. Aquella noche nos entreguemos el uno al otro, hasta aquí podría ser la historia más bella que jamás se hubiese contado: un escritor es correspondido por su musa en una noche idílica.
Dos días después estalló la guerra civil española. Antonio estaba muy nervioso y preocupado, yo también lo estaba, nos llegaban noticias del pueblo de que cada día se llevaban personas en un camión hacía el Barranco de Víznar, en el cementerio. Una noche, mientras Antonio me leía una de sus poesías a la luz de la luna escuchemos disparos justo antes del amanecer provenientes del cementerio, me abracé fuertemente a él y cerré los ojos, aquella noche le había tocado entre varias personas a una conocida de la familia, murió por reclamar una mejora salarial en su gremio, era hilandera. Así fueron sucediendo los días, entre lamentos, amor y miedo. Muchas noches me había despertado al tener pesadillas, soñaba que venían a buscar a Antonio y lo subían al camión...
La cara de Paloma había cambiado, ahora me miraba con ansía y con miedo en los ojos.
Era una tarde maravillosa, el cielo estaba cubierto de una luz rojiza que más tarde cobraría su sentido, no se movía el viento y los grillos cantaban con intensidad, claramente una preciosa tarde de verano, era el 18 de Agosto de 1936...18 de agosto.
Mi padre entró precipitadamente en la cueva, agarró por el brazo a Antonio y le dijo que saliera corriendo, rápidamente el chico cogió su bolsa de cuero y se dispuso a salir por la puerta cuando entraron dos hombres de las autoridades nacionales, revolvieron toda la casa, rasgaron las camas, rebuscaron entre los armarios y finalmente registraron la bolsa de cuero. Encontraron todas las obras escritas por Antonio, las novelas, sus ensayos republicanos, poesías, dibujos... Lo apresaron. En ese momento mi mundo se vino abajo, grité como una desesperada, les rogué que no se lo llevaran...Todo fue inútil, antes de subirse al camión pude besarle por última vez y me miró, no dijo nada y lo dijo todo con aquella mirada. Vi como el vehículo subía por la colina, cerré los ojos para solo notar la oscuridad, aún así escuchaba el retumbar nocturno de los camiones que iban carretera arriba hacia el cementerio. Me senté en el lugar donde tantas veces habíamos estado soñando, junto a la chimenea que parecía que salía de las entrañas de la tierra, me sentía terriblemente sola, desdichada, dolorida, atormentada... Vi la luna, seguramente tenía que sentirse como yo, éramos dos musas que perdíamos a nuestro amado. Justo con el primer rayo de sol del amanecer del día 19 de Agosto escuché los tiroteos que venían de la tapia oeste del cementerio municipal. Esas balas perforaron todos mis sentidos, cuando el ruido acabó se quedó todo en silencio, poco después me eché a llorar desconsoladamente.
Antonio fue ejecutado en el cementerio de Granada junto con otros intelectuales, trabajadores, republicanos...Poco después me enteré que aquél mismo día había muerto junto a él Lorca...Jóvenes soñadores...
Paloma estaba al borde de las lágrimas, y yo también.
- Antonio perdió la vida. Ese día tendría que haber ido con él y morir, porque lo que es verdaderamente un sufrimiento es la condena que me a tocado a mi, en todas partes está escrita su historia, y no puedo evitar sentir como me atraviesan las balas en el corazón, perforando mi alma...Hace 73 años que muero en vida.
Paloma publicó en el periódico la historia de Agustina y Antonio íntegramente tal y como la había relatado la mujer. Agustina murió el 8 de diciembre de 2009, la encontraron en su casa acostada en la cama y entre sus brazos reposaba un libro: “Poemas a la mujer que robó la luz a la luna. De Antonio Sánchez ”.
Ester Arroyo Cárdenas
-Le agradezco que haya aceptado mi invitación, no tendría que haberse tomado las molestias de llegar hasta aquí con el calor que hace, hubiese podido yo ir a su domicilio sin ningún problema.- me dijo la chica, estaba un tanto nerviosa y se notaba que se sentía culpable por haberme hecho ir hasta allí sabiendo que mi salud no gozaba de su mejor momento.
-Tranquila, no es ninguna molestia, a pesar de mis 93 años todavía soy joven- le contesté, mirándola por encima de mis gafas de alambre dorado. Las dos nos reímos por el comentario y el ambiente se volvió un poco más relajado.
-He traído una grabadora para grabar la conversación, si no le importa- me miró y yo le hice un gesto para que continuara- Bueno, pues...usted dirá, señora Agustina.
Suspiré profundamente, Paloma puso en marcha la grabadora y clavó su mirada en la mía, cerré los ojos un momento y me dejé llevar por los recuerdos que aún conservaba intactos en mi memoria.
Era finales de junio del año 1936, yo había cumplido los veinte años, desde hacia tiempo trabajaba en el campo. En Granada, allí vivía yo. Mi vida se basaba en montar cada mañana a lomos de mi burra Lola y hacer el trayecto desde la cueva donde vivía hasta los campos donde trabajaba. Aquél día fue especialmente caluroso, regresaba de la jornada matutina, Lola caminaba pesadamente y con lentitud y yo me secaba el sudor de la frente con el pañuelo que me cubría la cabeza. Ya cuando estaba a pocos metros de la cueva me encontré en mitad del camino a un hombre tirado en el suelo, llevaba una camisa blanca tan sucia que parecía que estuviera teñida de marrón y un saco de cuero colgaba de sus hombros. Salté precipitadamente de mi burra y me agaché para socorrerle. Tenía los labios completamente secos y agrietados como la tierra granadina en pleno agosto, por eso pensé que se había deshidratado por el calor. Con muchos esfuerzos conseguí subirlo encima de la burra y lo llevé hasta mi hogar. Mi madre se alarmó al ver que había recogido a un vagabundo, aún así lo tumbó en una cama y le puso unos paños húmedos en la frente.
- Si está deshidratado pronto se recuperará, le he puesto unos paños húmedos y cuando se despierte le daremos agua, además el fresco de la cueva le sentará bien- dijo mi madre, exhaló un suspiro y se fue a la cocina.
Tenía razón, poco después el joven se despertó, le llevé agua y bebió del cántaro. Una vez recuperado nos explicó que se llamaba Antonio, tenía 25 años y venía de un largo viaje, había recorrido casi toda Andalucía, estaba escribiendo un cuaderno de viaje que publicaría más tarde, se titulaba: Tradiciones, historias y leyendas del Al-Andalus. A mi padre no le hacía gracia que fuera un trotamundos y Antonio se dio cuenta porque enseguida nos dijo que estaba buscando un trabajo en el campo por aquella zona. En poco tiempo encontró un puesto en un campo de olivares de Granada, con una parte del sueldo pagaba su estancia en la cueva de mi familia y además ayudaba con las labores del hogar. Enseguida mi madre le cogió cariño y lo trató como si fuera un hijo.
Yo admiraba a aquél chico, pero por alguna razón él no se acercaba a mi, no hablaba conmigo, intentaba evitar quedarse a solas en la misma habitación que yo y cuando le dirigía la palabra me apartaba la mirada cómo quién espanta a una mosca. Ese comportamiento suyo me hizo sospechar de él. Hubo una noche en la que yo no podía conciliar el sueño, pensaba en el comportamiento de Antonio, entonces escuché como alguien se levantaba de la cama y cruzaba el umbral de la puerta, sigilosamente me incorporé y salí de la cueva. Al salir noté el aire caliente de la noche de verano, todo estaba sumido en un profundo silencio y la luna iluminaba mágicamente la tierra granadina. Estaba a punto de regresar a casa cuando alguien me chistó, yo miré a mi alrededor, pero no vi a nadie, estaba empezando a ponerme nerviosa, aquella voz me seguía llamando la atención y de repente lo vi, Antonio estaba sentado encima de la cueva, justo al lado de la chimenea. Me hizo un ademán para que fuera con él, me sorprendió mucho. Me senté a su lado, él no dijo nada, los dos nos quedemos mirando los campos que se extendían más abajo.
- Es un lugar armonioso.- dijo él, hizo un suspiro y alzó la vista hacia la luna- Era mi musa- supe que se refería a la luna, la miraba de una forma tan tierna...
Entonces me di cuenta que en su regazo tenía un par de libros y una pluma para escribir.
-Antonio, realmente estas escribiendo un cuaderno de viaje?- le pregunté, se quedó callado y por un momento pensé que no me iba a responder, entonces sonrió, me lo quedé mirando un rato, tenía una capa de misterio que lo cubría entero, sus ojos negros brillaban a la luz de la luna, su pelo era castaño y lo llevaba despeinado, su piel era morena y contrastaba con la camisa blanca, su...Todo él era hermoso. Al fin se decidió a hablar:
-No, vengo huyendo de la gente que me aprisiona...Soy un pobre soñador! En una familia humilde he sido como una desgracia, un hijo escritor!- Se cubrió la cabeza con las manos y siguió ablando- Me fui de casa, que podía hacer sino? Así que empecé a buscar un lugar donde vivir, y me vi en sueños corriendo entre figuras musulmanas, perdido entre callejuelas llenas de leyendas y supe que debía de ir a Granada, pensé que podría cambiar el ritmo, llevar una vida más humana y natural...-suspiró profundamente- Y aquí estoy, mirando a mi antigua musa, mi luna, pero ya no me inspira...Porque sin previo aviso y sin proponérmelo he encontrado una musa aún mejor, pero se que no es bueno tenerla tan cerca, porque cuando me vaya de esta tierra no podré ir a visitarla como hago con la luna cada noche...Así que cada noche subo aquí y pregunto a las estrellas que va a pasar-levantó la cabeza y me miró tiernamente- Que va a pasar si no vuelvo a ver a Agustina?
Hice una pausa, Paloma me miraba expectante.
-Es precioso.-dijo ella emocionada.
Si, eso pensé yo, necia de mi por enamorarme de un hombre que como muchos otros estaba condenado a ser un soñador y todo lo que ello conlleva. Aquella noche nos entreguemos el uno al otro, hasta aquí podría ser la historia más bella que jamás se hubiese contado: un escritor es correspondido por su musa en una noche idílica.
Dos días después estalló la guerra civil española. Antonio estaba muy nervioso y preocupado, yo también lo estaba, nos llegaban noticias del pueblo de que cada día se llevaban personas en un camión hacía el Barranco de Víznar, en el cementerio. Una noche, mientras Antonio me leía una de sus poesías a la luz de la luna escuchemos disparos justo antes del amanecer provenientes del cementerio, me abracé fuertemente a él y cerré los ojos, aquella noche le había tocado entre varias personas a una conocida de la familia, murió por reclamar una mejora salarial en su gremio, era hilandera. Así fueron sucediendo los días, entre lamentos, amor y miedo. Muchas noches me había despertado al tener pesadillas, soñaba que venían a buscar a Antonio y lo subían al camión...
La cara de Paloma había cambiado, ahora me miraba con ansía y con miedo en los ojos.
Era una tarde maravillosa, el cielo estaba cubierto de una luz rojiza que más tarde cobraría su sentido, no se movía el viento y los grillos cantaban con intensidad, claramente una preciosa tarde de verano, era el 18 de Agosto de 1936...18 de agosto.
Mi padre entró precipitadamente en la cueva, agarró por el brazo a Antonio y le dijo que saliera corriendo, rápidamente el chico cogió su bolsa de cuero y se dispuso a salir por la puerta cuando entraron dos hombres de las autoridades nacionales, revolvieron toda la casa, rasgaron las camas, rebuscaron entre los armarios y finalmente registraron la bolsa de cuero. Encontraron todas las obras escritas por Antonio, las novelas, sus ensayos republicanos, poesías, dibujos... Lo apresaron. En ese momento mi mundo se vino abajo, grité como una desesperada, les rogué que no se lo llevaran...Todo fue inútil, antes de subirse al camión pude besarle por última vez y me miró, no dijo nada y lo dijo todo con aquella mirada. Vi como el vehículo subía por la colina, cerré los ojos para solo notar la oscuridad, aún así escuchaba el retumbar nocturno de los camiones que iban carretera arriba hacia el cementerio. Me senté en el lugar donde tantas veces habíamos estado soñando, junto a la chimenea que parecía que salía de las entrañas de la tierra, me sentía terriblemente sola, desdichada, dolorida, atormentada... Vi la luna, seguramente tenía que sentirse como yo, éramos dos musas que perdíamos a nuestro amado. Justo con el primer rayo de sol del amanecer del día 19 de Agosto escuché los tiroteos que venían de la tapia oeste del cementerio municipal. Esas balas perforaron todos mis sentidos, cuando el ruido acabó se quedó todo en silencio, poco después me eché a llorar desconsoladamente.
Antonio fue ejecutado en el cementerio de Granada junto con otros intelectuales, trabajadores, republicanos...Poco después me enteré que aquél mismo día había muerto junto a él Lorca...Jóvenes soñadores...
Paloma estaba al borde de las lágrimas, y yo también.
- Antonio perdió la vida. Ese día tendría que haber ido con él y morir, porque lo que es verdaderamente un sufrimiento es la condena que me a tocado a mi, en todas partes está escrita su historia, y no puedo evitar sentir como me atraviesan las balas en el corazón, perforando mi alma...Hace 73 años que muero en vida.Paloma publicó en el periódico la historia de Agustina y Antonio íntegramente tal y como la había relatado la mujer. Agustina murió el 8 de diciembre de 2009, la encontraron en su casa acostada en la cama y entre sus brazos reposaba un libro: “Poemas a la mujer que robó la luz a la luna. De Antonio Sánchez ”.
Ester Arroyo Cárdenas
Dedicado a todos aquellos que perdieron la vida o sufrieron en la Guerra Civil Española.


